• Virginia Aparicio y el regreso de las sombras

    El oscurantismo no pertenece solamente al pasado: reaparece cuando el poder pretende decidir qué puede investigar y comunicar la ciencia. Sobre todo cuando el extractivismo y los intereses extranjeros estan en juego.

Fecha de Publicación: 01-11-2026

Por Koly Bader-FSN-Tucumán

El oscurantismo no consiste únicamente en desconocer. Consiste, sobre todo, en impedir que otros conozcan. Su expresión más peligrosa aparece cuando una autoridad sustituye la discusión de las pruebas por el silenciamiento de quienes las producen. Desde esa perspectiva, el caso de Virginia Aparicio invita a una remembranza inquietante: la de aquellas épocas en que preservar una doctrina importaba más que comprender la realidad. Aunque en este caso parece ser que preservar el agronegocio extractivista importa mucho, muchísimo más que los saberes de la ciencia y la salud humanas.

En 1633, Galileo Galilei fue condenado por la Inquisición y obligado a abjurar de sus posiciones copernicanas; su libro fue prohibido. El episodio permite reconocer un mecanismo del oscurantismo: convertir una discusión sobre el mundo físico en una exigencia de obediencia. La consecuencia inmediata fue restringir la libertad de un investigador y la circulación de sus ideas, no demostrar que sus argumentos fueran falsos. El resultado, entre otros, es la autocensura al investigar.

No hace falta atribuir a toda una época una oscuridad uniforme para comprender esa lección. La historia de la ciencia está atravesada por avances, controversias y retrocesos. Tampoco toda objeción es censura: cuestionar una hipótesis mediante pruebas forma parte del conocimiento. El límite se cruza cuando la autoridad impide examinar aquello que contradice sus certezas.

En el siglo XIX, Ignaz Semmelweis mostró que la desinfección de las manos podía reducir drásticamente las muertes por fiebre puerperal. Encontró una fuerte resistencia profesional, y la aceptación amplia de sus propuestas llegó después de su muerte, con el desarrollo de la teoría microbiana y la antisepsia. Esa resistencia demoró la incorporación de una medida capaz de proteger vidas: el costo del rechazo no quedó encerrado en una disputa académica, sino que alcanzó, a veces con la muerte, a las mujeres atendidas en las maternidades.

Lo que pierde una sociedad cuando silencia la ciencia

El daño potencial tiene varias dimensiones. La primera es sanitaria y ambiental: sin información accesible, resulta muy difícil identificar exposiciones, evaluar riesgos y decidir medidas de prevención. La segunda es institucional: si comunicar resultados incómodos se percibe como un peligro, otros investigadores pueden optar por no formular ciertas preguntas. La tercera es democrática: una ciudadanía privada de evidencia tiene menos herramientas para controlar decisiones que afectan su vida.

También pierde la producción. Una agricultura capaz de revisar sus prácticas a partir de investigaciones rigurosas puede buscar mejoras y reducir riesgos. Sucede que la ciencia pone en tención los intereses económicos con los valores de la vida.

El caso de Virginia Aparicio debe leerse, entonces, como una ocasión para preguntarnos qué relación queremos entre conocimiento y poder. Su evocación del oscurantismo no reside en reproducir literalmente un tribunal del pasado, sino en recordarnos una tentación persistente: desacreditar al mensajero para no enfrentar el mensaje.

La historia enseña que esa elección puede pagarse con vidas que una prevención oportuna habría protegido, disciplinas debilitadas y generaciones privadas de mejores herramientas para comprender el mundo