• El yo sitiado: individualismo y política

    La alternativa no consiste en sacrificar la individualidad, sino en liberarla de la ficción de la autosuficiencia. Nadie construye por sí solo el lenguaje, el conocimiento, la salud pública, las infraestructuras ni las condiciones que hacen posible una vida autónoma. 

Fecha de Publicación: 19-10-2026

Por Koly Bader-FSN-Tucumán

El individualismo contemporáneo no consiste solamente en defender la autonomía personal. En su versión exacerbada, convierte al individuo en la unidad casi exclusiva desde la cual se interpretan el éxito, el fracaso, la seguridad y la libertad. Problemas colectivos —la precarización laboral, la desigualdad, la crisis habitacional o el deterioro de los servicios públicos— pasan a vivirse como méritos o insuficiencias privadas. Esta transformación del sentido común influye decisivamente en las posiciones políticas: desplaza la pregunta por las estructuras hacia el juicio moral sobre las personas y sustituye la solidaridad por una competencia permanente.

La psicología política define la polarización como un aumento del desacuerdo inflexible y de la distancia social entre ciudadanos. Cuando la preferencia política se vuelve una marca del yo, cambiar de opinión se experimenta menos como aprendizaje que como pérdida de identidad.

Mediante la categorización social y el favoritismo hacia el propio grupo, el debate puede transformarse en una competencia moral: “nosotros” encarnamos la decencia y “ellos” la amenaza. Las redes digitales refuerzan esta dinámica al premiar la visibilidad, la reacción instantánea y la construcción de una identidad pública.

Erich Fromm ofrece una clave temprana para comprender esta paradoja. Su psicología social combinó psicoanálisis y sociología para pensar al individuo y la sociedad como dimensiones inseparables. En El miedo a la libertad, mostró que la emancipación de las ataduras tradicionales puede producir aislamiento y angustia; cuando faltan vínculos y capacidad de acción compartida, esa inseguridad puede resolverse mediante el conformismo o la adhesión a una autoridad. La libertad positiva, en cambio, exige autonomía, responsabilidad y relaciones solidarias.

Desde otra generación, Mark Fisher describió el “realismo capitalista”: la sensación de que el capitalismo no sólo es el único sistema viable, sino también el límite de lo imaginable. Su aporte resulta decisivo porque muestra cómo el neoliberalismo privatiza el malestar. La depresión, el desempleo o la precariedad se presentan como fracasos personales antes que como fenómenos sociales. Si cada quien debe administrarse como una pequeña empresa, la política deja de ser una disputa por las condiciones de vida y se convierte en gestión individual del riesgo.

Conviene, sin embargo, distinguir las posiciones políticas moldeadas por el individualismo del clasismo consciente de las clases dominantes. Quien adopta una mirada individualista puede rechazar la redistribución, desconfiar de la acción colectiva o atribuir la desigualdad al mérito personal sin reconocerse como parte de un interés de clase; su posición suele surgir de una subjetividad competitiva que atraviesa distintos estratos sociales. Las élites económicas, en cambio, disponen de organizaciones, redes e instituciones para defender intereses comunes y reproducir sus privilegios: practican colectivamente el poder mientras promueven para los demás la autosuficiencia, la competencia y la responsabilidad individual. La paradoja es que el individualismo fragmenta políticamente a quienes dependen de la cooperación social, pero beneficia a unas clases dominantes que rara vez actúan de manera individual: debilita la solidaridad, oculta las relaciones de poder y convierte privilegios estructurales en supuestos triunfos personales.

En la Argentina, el cuentapropismo, el trabajo no registrado y el monotributo —en especial cuando encubre relaciones laborales dependientes— pueden reforzar esa subjetividad individualista. A diferencia del trabajo colectivo en una fábrica, donde la cooperación cotidiana, la experiencia compartida de las condiciones laborales y la organización sindical hacen visible que la producción y el conflicto son colectivos, el trabajo aislado o por cuenta propia tiende a presentar ingresos, jornadas y riesgos como resultados exclusivos del esfuerzo personal. El trabajador aparece entonces como “empresario de sí mismo”: atribuye sus avances al mérito y sus dificultades a una insuficiencia propia, aunque dependa de mercados, plataformas, grandes clientes o decisiones estatales que no controla. No se trata de afirmar que todo cuentapropista adopte necesariamente esa conciencia, sino de señalar que la fragmentación laboral debilita los espacios donde pueden reconocerse intereses comunes. Esa deformación de la experiencia vuelve más aceptables la desprotección y la desigualdad, y resulta funcional a los proyectos de dominación de las élites: individualiza los riesgos, dificulta la organización colectiva y oculta las relaciones de dependencia detrás de una apariencia de autonomía.

La alternativa no consiste en sacrificar la individualidad, sino en liberarla de la ficción de la autosuficiencia. Nadie construye por sí solo el lenguaje, el conocimiento, la salud pública, las infraestructuras ni las condiciones que hacen posible una vida autónoma. Reconocer esa interdependencia permite pensar derechos universales no como cargas externas, sino como bases materiales de la libertad.

En el plano político, esto exige reconstruir mediaciones colectivas: sindicatos, asociaciones barriales, cooperativas, partidos democráticos y espacios de deliberación. La investigación psicosocial señala que una identidad común creada en ámbitos deliberativos puede reducir la distancia entre grupos, aunque no garantice por sí sola transformaciones estructurales. Importa, por lo tanto, combinar el diálogo con instituciones capaces de distribuir poder y seguridad.

El desafío es desplazar la conversación del mérito individual hacia las condiciones compartidas, sin negar la responsabilidad personal; y pasar de identidades cerradas a proyectos capaces de reunir diferencias. Frente al yo sitiado, la política democrática necesita recordar que la libertad no florece en el aislamiento. Se vuelve efectiva cuando cada persona puede participar, disentir y desarrollarse dentro de una comunidad que no abandona a nadie a su suerte.