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Otra vez el recurso de miedo: “La IA puede terminar con la humanidad” No les creas
El mundo escucha advertencias sobre una inteligencia artificial capaz de amenazar a la humanidad. Detrás asoma la operación de convertir el miedo en una herramienta para decidir quién puede usar la tecnología más poderosa de nuestro tiempo.
Fecha de Publicación: 13-09-2026
Por Koly Bader-FSN-Tucumán
El mundo escucha cada vez más advertencias sobre una inteligencia artificial capaz de salirse de control y amenazar a la humanidad. Detrás de ese discurso asoma otra operación: convertir el miedo en una herramienta para decidir quién puede usar la tecnología más poderosa de nuestro tiempo.
El mundo escucha cada vez más advertencias sobre una inteligencia artificial capaz de salirse de control y amenazar a la humanidad. El argumento parece noble: prevenir catástrofes, evitar delitos, impedir abusos. Pero detrás de ese discurso también asoma otra operación menos inocente: convertir el miedo en una herramienta para decidir quién puede usar la tecnología más poderosa de nuestro tiempo y quién debe conformarse con versiones vigiladas, recortadas o directamente prohibidas.
La historia ya ofrece un antecedente. Con la tecnología nuclear ocurrió algo parecido. Primero se la presentó como un peligro absoluto; después se construyó un orden internacional donde algunos países conservaron el derecho a poseerla y otros quedaron bajo sospecha permanente. La seguridad funcionó como argumento, pero el resultado fue una jerarquía: unos administran el riesgo, otros obedecen las reglas. Hoy es motivo de la guerra contra Iran.
Con la IA puede pasar lo mismo. No porque sus riesgos sean inventados. Son reales. Puede servir para fabricar estafas, manipular elecciones, automatizar ataques informáticos, multiplicar la vigilancia y reforzar aparatos militares. Pero una verdad parcial puede ser usada como coartada total. El peligro existe; la pregunta es quién lo define, quién lo regula y quién aprovecha esa regulación para blindar sus privilegios.
Las grandes empresas tecnológicas no desarrollaron la inteligencia artificial por filantropía. La impulsaron para ganar dinero, capturar datos, dominar mercados y vender infraestructura. Pero en esa carrera descubrieron algo incómodo: si la IA avanzada se democratiza, puede darle a países periféricos, universidades, cooperativas, medios, científicos y trabajadores capacidades que antes dependían de centros de poder económico. Una herramienta pensada para concentrar ganancias también puede abrir grietas en el monopolio del conocimiento.
Por eso el debate sobre la “seguridad” de la IA no puede separarse de los chips, los centros de datos, las nubes corporativas, la energía y las restricciones de exportación. La inteligencia artificial no vive en el aire: necesita infraestructura. Y quien controla la infraestructura controla el acceso. No se trata solo de programar mejores modelos; se trata de decidir qué países podrán entrenarlos, qué empresas podrán venderlos y qué sociedades quedarán reducidas a consumidoras de tecnología ajena.
El miedo, administrado desde arriba, es políticamente útil. Permite presentar como prudencia lo que también puede ser control. Permite decir que se protege a la humanidad mientras se reserva la innovación de punta para las potencias y las corporaciones. Permite limitar el acceso de los países incómodos, de los proyectos soberanos y de cualquier actor que amenace con usar la IA para achicar distancias.
La nueva dependencia no tendrá necesariamente forma de prohibición abierta. Será más sofisticada: licencias restrictivas, modelos cerrados, límites de cómputo, contratos de nube, estándares técnicos definidos en el Norte global, sanciones comerciales y cláusulas de uso redactadas por empresas que nadie eligió. No hará falta decir “ustedes no pueden”. Bastará con diseñar un sistema donde solo puedan bajo condiciones ajenas.
Los países que intenten escapar de la subordinación tecnológica serán señalados como riesgosos. Los que acepten comprar, alquilar y obedecer serán llamados socios confiables. Así se dibuja el mapa de siempre con un vocabulario nuevo: centros que producen inteligencia artificial; periferias que la consumen. Centros que fijan las reglas; periferias que deben demostrar que merecen acceso.
Esto no significa rechazar toda regulación. Sería absurdo. Sin reglas, la IA quedaría todavía más en manos de los gigantes tecnológicos y de los Estados con mayor capacidad de vigilancia. El punto es otro: una regulación justa no puede ser escrita únicamente por quienes ya concentran el poder. Si la gobernanza de la IA no incluye a los países periféricos, a las sociedades civiles, a los trabajadores, a la ciencia pública y a las comunidades afectadas, será apenas una administración elegante de la desigualdad.
La inteligencia artificial será una infraestructura básica del siglo XXI. Por eso no puede quedar en manos de un puñado de gobiernos y corporaciones. Hace falta discutir soberanía digital, transferencia tecnológica, auditoría pública, acceso equitativo, protección contra abusos y derecho real a desarrollar capacidades propias. Sin eso, la promesa de democratizar el conocimiento terminará convertida en otra frontera de exclusión.
La cuestión decisiva, entonces, no es si la inteligencia artificial puede ser peligrosa. Claro que puede serlo. La cuestión es quién tendrá derecho a convertir ese peligro en poder y quién deberá aceptar sus consecuencias como destino. Si la IA avanzada queda en manos de las potencias que ya mandan, de las corporaciones que ya concentran la riqueza y de los Estados que ya vigilan, el discurso de la seguridad habrá cumplido su verdadera función: no proteger a la humanidad, sino proteger el privilegio. El riesgo mayor no es que las máquinas piensen por nosotros; es que unos pocos decidan qué podrá pensar el resto del mundo. Por eso la batalla por la inteligencia artificial no será técnica ni futurista: será una disputa política por la soberanía, el conocimiento y la libertad. Y si esa batalla se pierde, el siglo XXI no habrá inaugurado una era de inteligencia compartida, sino la forma más refinada de dominación: un colonialismo algorítmico en el que hasta el futuro tendrá dueño.