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La ofensiva de Donald Trump sobre América Latina
Fecha de Publicación: 04-09-2026
La política de Donald Trump hacia América Latina no puede entenderse como una simple diferencia diplomática ni como una agenda ordinaria de seguridad. Se trata de una ofensiva política, económica y militar orientada a restaurar una relación de subordinación hemisférica. Bajo el discurso de la seguridad, la lucha contra el narcotráfico, la migración y la defensa del “hemisferio occidental”, Washington busca recuperar capacidad de mando sobre una región que considera estratégica frente al avance de China, Rusia y otros actores globales. El resultado es una presión directa sobre la soberanía latinoamericana: los Estados son empujados a decidir menos por sus pueblos y más por las prioridades geopolíticas de Estados Unidos.
El eje de esta estrategia es la restauración de una mirada tradicional de Estados Unidos sobre América Latina: la región como zona de influencia propia. Esta lógica retoma la Doctrina Monroe y la actualiza con un lenguaje contemporáneo: combate a los carteles, defensa de la democracia, control migratorio, protección de infraestructura crítica y contención de potencias extrarregionales. En la práctica, estos objetivos funcionan como justificación para condicionar decisiones soberanas de los países latinoamericanos y para imponer una tutela política que limita la autodeterminación regional. La promesa de “seguridad” opera así como una puerta de entrada para el control externo.
Los gobiernos que se resisten a la agenda estadounidense son sometidos a una política de presión múltiple. En el caso de Cuba, Venezuela y Nicaragua, esa presión combina sanciones económicas, restricciones financieras, aislamiento diplomático, amenazas militares y campañas de deslegitimación política. La estrategia no solo apunta a debilitar a los gobiernos, sino también a castigar a sus pueblos, deteriorar sus márgenes de maniobra económica y obligarlos a aceptar cambios políticos favorables a Washington. La soberanía queda así convertida en una concesión tolerada solo mientras no contradiga los intereses estadounidenses.
En países como México o Brasil, donde persisten proyectos con mayor margen de autonomía regional, las presiones adquieren formas más selectivas: amenazas comerciales, condicionamientos migratorios, investigaciones judiciales, restricciones de visas, exigencias de cooperación en seguridad y advertencias públicas. Colombia, en cambio, debe ser leída en una situación distinta tras el cambio de gobierno: con la llegada de Abelardo de la Espriella, pasó de una relación tensa durante el ciclo de Gustavo Petro a una etapa de recomposición acelerada con Washington, especialmente en materia de seguridad, lucha antidrogas, control fronterizo y cooperación militar.
La contracara de la presión es el premio a los gobiernos alineados. Administraciones que aceptan la agenda de seguridad, migración, comercio y política exterior de Washington reciben apoyo financiero, respaldo diplomático, cooperación militar, reconocimiento político y acceso privilegiado a organismos internacionales o acuerdos bilaterales. En este esquema, gobiernos como los de Argentina, El Salvador, Ecuador, Paraguay y ahora Colombia aparecen como socios preferentes de una arquitectura regional subordinada a Estados Unidos. Pero ese lugar de “aliado” tiene un costo político profundo: la renuncia progresiva a decidir con autonomía en temas estratégicos y la aceptación de una soberanía recortada.
Este vínculo no es una relación entre iguales. Se traduce en concesiones políticas concretas: aceptación de deportaciones, cooperación con fuerzas estadounidenses, apertura a operaciones conjuntas, alineamiento en foros internacionales y apoyo a discursos de “mano dura” que desplazan debates sociales hacia una agenda securitaria definida desde Washington. En lugar de fortalecer la capacidad soberana de los Estados, esta relación los vuelve más dependientes de una potencia extranjera que define amenazas, enemigos, prioridades y respuestas.
El crecimiento de la presencia militar
El aspecto más grave de esta etapa es la expansión de la presencia militar estadounidense en América Latina. Ya no se trata solo de entrenamiento, venta de armas o asistencia técnica. La tendencia apunta a operaciones combinadas, patrullajes, inteligencia compartida, ejercicios multinacionales, presencia de fuerzas especiales, utilización de bases o instalaciones locales y eventuales acciones directas contra objetivos definidos por Washington. Esta militarización convierte a la región en un tablero de disputa geopolítica y reduce la capacidad de los países latinoamericanos para controlar su propio territorio, sus mares, sus fronteras y sus recursos estratégicos.
El Comando Sur de Estados Unidos aparece como el articulador central de esta política. Sus ejercicios regionales, como CENTAM Guardian en Centroamérica y Southern Star en Chile, buscan aumentar la interoperabilidad entre fuerzas armadas latinoamericanas y estadounidenses. Bajo la retórica de enfrentar amenazas transnacionales, se consolida una red de coordinación militar que puede ser utilizada para disciplinar gobiernos, controlar rutas estratégicas y proyectar poder sobre el Caribe, Centroamérica, la Amazonía, los Andes y el Atlántico Sur.
El aumento de la presencia militar estadounidense amenaza con vaciar de contenido la soberanía de los Estados latinoamericanos. Cuando las fuerzas armadas locales pasan a operar bajo doctrinas, financiamiento, inteligencia y objetivos definidos desde Estados Unidos, la seguridad nacional deja de responder plenamente a una decisión popular y democrática. En ese marco, los países conservan banderas, himnos e instituciones formales, pero pierden capacidad real de decidir sobre defensa, fronteras, recursos naturales, alianzas internacionales y conflictos internos. La subordinación militar se convierte entonces en subordinación política.