• La batalla cultural es la lucha de ideas por el sentido común.

    En el Congreso y las gobernaciones es donde se producen las claudicaciones más resonantes. Cada claudicación de un referente importante genera hacia abajo una desilusión y hasta distintos grados de resignación. Por Armando Benitez

Fecha de Publicación: 11-07-2026

Por Armando Benitez-FSN-Chaco

 UNA REFLEXIÓN SOBRE EL PORQUE DE LA RESPUESTA INEXISTENTE O MUY LENTA.

En el campo popular hay mucho desconcierto y confusión, eso es innegable, pareciera que los más afectados son lo que se denominan cuadros dirigentes y la dirigencia intermedia que no alcanzan a coordinar medidas, produciendo una parálisis y la consecuente desconfianza de las bases, dado que el avance gubernamental es arrollador.

El gobierno se ha declarado ganador de la batalla cultural y de alguna manera parece ser así, reina el individualismo y algo que es peor: que toda voluntad contraria se puede comprar. Esto genera mucha desconfianza en lo que se considera el campo nacional y popular.

La utilización del aparato mediático sobre esta situación le da al poder real muy buenos dividendos políticos, de tal manera que quienes lo representan en el gobierno se muestran con una soberbia arrolladora.

Trump se animó a decir que iba a destruir una civilización en una noche, a muchos el anuncio puede haber causado temor ya que lo decía el presidente de la única nación que arrojó dos bombasa atómicas sobre otro país.

En el ámbito local su émulo, declaró que había hecho lo que los militares (la dictadura que implantó el terrorismo de estado) no lo habían podido realizar y no contento con eso hace unos días, nada menos que en la celebración de nuestra Independencia, se atrevió a decir que sus ministros eran como aquellos próceres.

La recuperación de la democracia argentina no se produjo por una total derrota de los militares argentinos, sino a una decisión del imperio de cambiar de gobierno, antes de que las cosas empeoraran. Por eso el juzgamiento a las juntas fue una victoria popular escalonada que se desarrolló con fuerza después de la debacle del 2001.

El fulgor de varias conquistas civiles y sociales, sobre la base del encarcelamiento de más de mil genocidas, produjo una satisfacción política y económica por la suba del poder adquisitivo una cierta comodidad social, a pesar de que no se habían hecho grandes cambios estructurales en la economía, ni se haberse profundizado la participación popular autónoma.

El sindicalismo argentino se normalizó a partir de 1984, pero con la plena vigencia de los convenios colectivos y el desarrollo de las obras sociales, el modelo clientelista sindical, el poder del aparato, se consolidó.

Anque había notables casos de dirigentes sindicales que habían traicionado a sus bases siendo colaboradores de la Dictadura y de los empresarios que persiguieron e hicieron desaparecer a miles de trabajadores/as y en especial a delegados y delegadas sindicales. Estos dirigentes se convirtieron en empresarios sin dejar sus cargos en el sindicato ni el manejo de la obra social de sus gremios,  en la jerga popular se los conoce como “los gordos”.

Este sistema de convertir a los afiliados de un gremio en clientes, se trasladó de forma directa a la política partidaria y luego a los movimientos sociales. De a poco todo se convirtió en una transacción comercial, “si me traes 500 fichas de afliliados sin duda que tendrás tu lugar en la lista de concejales, aparte de lo que te consigas para la publicidad de la candidatura”.

 Los referentes de base, tanto sindicales, políticos o sociales pasaron a ser todos “punteros” que recibían una determinada cantidad de beneficios a cambio de llevar “su gente” a los actos, a apoyar determinados candidatos

Las plataformas y los programas de los partidos y de los frentes electorales pasaron a ser una simple formalidad. Las conducciones decidían, en ellas se depositaba toda la confianza. Nada mejor para el sistema, que todo se pueda conversar entre dirigentes.

La Banelco fue uno de los casos más resonantes, hoy la compra de votos legislativos en las dos cámaras del Congreso es moneda corriente, pero también ocurre hasta en concejos municipales de recónditos pueblitos (donde se instalan las mineras…).

Con este cuadro, queda claro que los argentinos no nos podemos gobernar a través de nuestros representantes, hoy los tres poderes son campos de negociados. Se venden los presidentes, los senadores, los diputados, los gobernadores, los jueces y fiscales, quedando el pueblo absolutamente indefenso y literalmente, porque los “defensores del pueblo” instituidos por las reformas constitucionales de los 90 también caen en la misma bolsa.

Hoy el poder real maneja la publicidad de los actos de corrupción en su propio beneficio, utiliza los escándalos para entretenimiento, mientras que por debajo a los personajes involucrados les garantiza la impunidad. Los relatos de qué casas compró o cuánto pagó por sábanas, se convierten en cortinas de humos mientras se sigue afianzando el saqueo y la entrega con legislaciones amañadas.

En el Congreso y las gobernaciones es donde se producen las claudicaciones más resonantes. Cada claudicación de un referente importante, genera hacia abajo una desilusión y hasta distintos grados de resignación. Pero lo peor no es sólo el traidor, al que se lo puede defenestrar, sino el que lo vuelvan a aceptar en una alianza electoral porque es “un sapo que hay que tragar si queremos tener todas las fuerzas unidas y así alcanzar la victoria”, según explican las conducciones.

Con batalla cultural ganada, con el triunfo del individualismo, son los colectivos los que parecen no ser colectivos no son necesarios, hasta el voto de la ciudadanía seria innecesario, se anima a plantear Peter Thiel, empezando por invalidar el voto femenino.

Y esta alusión directa no es casual, es porque apunta a uno de los colectivos sociales que se viene construyendo hace décadas en forma autónoma y desarrollando una democracia horizontal, teniendo como una de sus principales objetivos la destrucción del patriarcado, que es lo mismo que decir del capitalismo.

La clase trabajadora y el pueblo deben superar a las conducciones personalistas imponiendo la democracia de las bases, el poder se construye cuando los individuos se convencen que integrando un colectivo pueden obtener más beneficios que actuando solos.

 La hora impone la construcción de un frente de Salvación Nacional y Popular, no como una nueva alianza electoral, sino como un movimiento político autónomo de los gobiernos e inclusive de los partidos políticos.

Hoy venden las joyas de la abuela, están regalando la ciencia, las fuentes de energía, la producción tecnológica soberana y no se ha visto a ningún dirigente opositor pararse en la puertas dela CNEA o del INTI para impedir semejante atropello. (Dejamos a salvo las honrosas excepciones de algunos dirigentes sindicales y políticos).

Sufrimos una evidente crisis de confiabilidad, que podrá ser superada si las nuevas dirigencias son conocidas por sus colectivos como los o las mejores compañeros/as en expresar los intereses comunes. Hay que romper con los modelos que ofrece el sistema, es un verso eso de que por ser un buen empresario, o un buen pastor o un gobernador eficiente, puede ser un buen presidente, el tema radica en que intereses va a representar.

Los nuevos dirigentes y dirigentas deberán salir de la práctica colectiva de la lucha, demostrando ser fieles a los mandatos recibidos en las asambleas o las nuevas formas por la que se expresen las voluntades mayoritarias.

La movilización popular debería ser mayor a la que se producirá sin ninguna duda, si la Selección Argentina vuelve a ser campeona mundial. Pero una movilización política no es lo mismo que un festejo. Porque para expresarnos como pueblo harto de los vendepatrias, debemos organizarnos y deberemos intentar emular a nuestros próceres, como Belgrano que en las vísperas del 25 de Mayo les dijo a sus compañeros reunidos: “Juro a la patria y a mis compañeros que, si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la fortaleza!".

O como San Martín que hizo incorporar el 19 de Julio de 1816, a la declaración de la Independencia: “y de toda  dominación extranjera.”

Ese es el desafío que debe afrontar la militancia popular y por el que hay que trabajar desde ahora.